Cuando la técnica aprende a escuchar
Cuando la técnica aprende a escuchar

Cuando la técnica aprende a escuchar

Al comenzar a estudiar canto, gran parte de nuestra atención está puesta en hacer.

Respirar de determinada manera.
Articular con mayor claridad.
Sostener una frase.
Modificar una vocal.
Buscar más resonancia.
Coordinar mejor el inicio del sonido.

La técnica aparece entonces como un conjunto de acciones que intentamos aprender, repetir y perfeccionar.

Y tiene sentido.

Cuando todavía estamos conociendo nuestro instrumento, necesitamos referencias. Necesitamos experimentar movimientos, reconocer coordinaciones y descubrir qué ocurre cuando modificamos algún elemento de la producción vocal.

Pero con el tiempo sucede algo interesante.

Aquello que comenzó siendo una acción empieza a convertirse en percepción.

Ya no solamente hacemos.

Empezamos a escuchar.

De la instrucción a la percepción

Pensemos en algo aparentemente sencillo: una vocalización.

Al principio, un estudiante puede concentrarse principalmente en realizarla correctamente. Quizá presta atención a la respiración, a la afinación o a la indicación que acaba de recibir de su profesor.

Pero después de repetirla muchas veces, empieza a notar diferencias.

Un sonido aparece con mayor facilidad que otro.

Una vocal modifica el timbre.

Una determinada altura cambia la sensación de estabilidad.

Una frase puede sostenerse con menos esfuerzo cuando ciertas coordinaciones encuentran un mejor equilibrio.

Lo importante es que esas diferencias no solamente se sienten.

También se escuchan.

Cada experiencia técnica va construyendo poco a poco un mapa perceptivo del instrumento.

El cantante comienza a reconocer cómo suena una emisión más libre, cómo cambia el timbre cuando aparece tensión o qué sucede con la estabilidad del sonido cuando la coordinación respiratoria y fonatoria se modifica.

La técnica deja entonces de ser únicamente una serie de instrucciones externas.

Empieza a convertirse en conocimiento interno.

Aprender técnica también es aprender a distinguir

Una parte importante del aprendizaje vocal consiste precisamente en desarrollar la capacidad de distinguir.

Distinguir entre tensión y actividad muscular necesaria.

Entre intensidad y presión.

Entre resonancia y esfuerzo por “colocar” el sonido.

Entre una modificación tímbrica útil y una alteración que limita la voz.

Entre un sonido que simplemente cumple una consigna y otro que comienza a organizarse con mayor libertad.

Estas diferencias pueden ser muy sutiles.

Por eso no siempre es suficiente decirle a un cantante qué debe hacer.

También necesitamos ayudarlo a descubrir qué puede escuchar cuando algo cambia.

Una indicación técnica adquiere mucho más sentido cuando el alumno puede relacionarla con una experiencia sonora reconocible.

Entonces la pregunta deja de ser solamente:

¿Lo hice bien?

Y empieza a transformarse en otras preguntas:

¿Qué cambió?
¿Qué escuché?
¿Qué sentí?
¿El sonido apareció con mayor facilidad?
¿Puedo reconocer esta coordinación nuevamente?

Ese cambio es profundamente pedagógico.

Porque el alumno deja de depender exclusivamente de la evaluación externa del profesor y comienza a desarrollar criterios para observar su propia voz.

El oído también se entrena

Cuando pensamos en entrenamiento auditivo solemos imaginar intervalos, acordes, afinación o reconocimiento musical.

Pero el cantante desarrolla además otra forma de escucha.

Aprende a percibir características de su propia producción sonora.

La estabilidad.

La continuidad.

Los cambios tímbricos.

La aparición o desaparición de determinados componentes del sonido.

La relación entre esfuerzo percibido y resultado acústico.

Incluso pequeños fenómenos que antes pasaban inadvertidos comienzan a hacerse evidentes.

Eso significa que la técnica también transforma el oído.

Después de experimentar una coordinación vocal diferente, ya no escuchamos exactamente de la misma manera.

Tenemos una nueva referencia.

Y esa referencia modifica las decisiones que podremos tomar en el futuro.

Aquí aparece una relación muy interesante:

la técnica modifica nuestra escucha y nuestra escucha modifica nuestra técnica.

No son procesos independientes.

Se alimentan mutuamente.

Cuando el cuerpo aprende, el profesor deja de dirigir cada movimiento

En las primeras etapas de aprendizaje es natural que exista una presencia importante de instrucciones.

El profesor propone.

El alumno prueba.

El profesor escucha.

Ajusta.

Pregunta.

Vuelve a proponer.

Pero si el proceso pedagógico avanza, algo debería ir cambiando poco a poco: el estudiante comienza a participar cada vez más activamente en esa observación.

Ya no necesita recibir una indicación para cada sonido.

Empieza a anticipar.

A reconocer.

A regular.

Puede detectar que una frase comenzó a perder estabilidad antes de que el profesor se lo señale.

Puede repetir una coordinación porque reconoce su resultado.

Puede comparar dos intentos y explicar qué cambió entre ellos.

Puede incluso descubrir soluciones que no surgieron directamente de una instrucción.

Ese momento es especialmente valioso.

Porque el aprendizaje vocal empieza a adquirir autonomía.

La técnica ya no vive solamente en las palabras del profesor.

Empieza a vivir en la percepción del cantante.

El riesgo de convertir la técnica en un fin

Existe, sin embargo, una tentación frecuente en el aprendizaje vocal: acumular instrucciones.

Más ejercicios.

Más posiciones.

Más sensaciones.

Más reglas.

Más cosas que recordar mientras se canta.

Y llega un momento en que la atención puede saturarse.

Respira aquí.

Abre aquello.

Relaja esto.

Sostén aquello otro.

Piensa en la vocal.

Cuida la lengua.

Mantén el espacio.

Escucha la afinación.

Proyecta la frase.

Si cada elemento técnico permanece como una orden consciente independiente, cantar puede convertirse en una tarea extraordinariamente complicada.

Pero la finalidad del aprendizaje motor no es mantener para siempre todas las instrucciones en primer plano.

Es permitir que muchas de esas coordinaciones se integren progresivamente.

La técnica madura cuando deja de exigir atención constante para cada uno de sus componentes.

No porque desaparezca.

Sino porque ha sido aprendida.

Y entonces queda disponible algo mucho más interesante:

la escucha.

Escuchar para decidir

Una escucha entrenada no es una actitud pasiva.

Escuchar también implica tomar decisiones.

Un cantante escucha cómo responde su voz y modifica una intención.

Un profesor escucha una emisión y decide si intervenir o permitir que el alumno continúe explorando.

Ambos comparan posibilidades.

Observan relaciones.

Formulan hipótesis.

Prueban.

Escuchan otra vez.

Por eso enseñar canto no consiste solamente en transmitir una serie de soluciones técnicas.

También significa enseñar a investigar la propia voz.

A veces una indicación será necesaria.

Otras veces una pregunta puede resultar más poderosa:

¿Qué cambió entre el primer intento y el segundo?

¿En cuál sentiste mayor libertad?

¿Qué escuchaste en el inicio de la nota?

¿Puedes repetirlo sin intentar copiar exactamente la sensación anterior?

Preguntas así desplazan poco a poco el centro del aprendizaje.

Del profesor hacia el alumno.

De la instrucción hacia la percepción.

De la obediencia técnica hacia la comprensión.

Técnica y escucha no son opuestas

Hablar de una escucha más consciente no significa restar importancia a la técnica.

Todo lo contrario.

Una técnica sólida amplía nuestras posibilidades de percepción.

Cuantas más coordinaciones conocemos, más diferencias podemos reconocer.

Cuanto mejor comprendemos nuestro instrumento, más matices podemos escuchar.

Y cuanto más refinada se vuelve nuestra escucha, más precisas pueden ser nuestras decisiones técnicas.

Es una relación circular.

Hacemos para descubrir.

Escuchamos lo que ocurrió.

Comprendemos algo nuevo.

Y volvemos a hacer, pero ya no exactamente de la misma manera.

Así se construye buena parte del aprendizaje vocal.

No como una línea recta que conduce desde el error hacia una supuesta ejecución perfecta, sino como una sucesión de experiencias que van afinando simultáneamente el instrumento y la percepción.

Cuando la técnica aprende a escuchar

Tal vez uno de los signos más hermosos de madurez vocal aparezca cuando el cantante deja de sentir que está ejecutando una lista de procedimientos.

Respira porque la frase lo necesita.

Articula porque la palabra lo pide.

Modifica el tracto vocal porque el sonido encuentra allí una nueva posibilidad.

Regula la intensidad porque escucha cómo responde su instrumento.

Muchas decisiones técnicas continúan ocurriendo.

Pero ya no se sienten como órdenes impuestas desde fuera.

Se han integrado a una manera cada vez más fina de percibir.

Quizá por eso la técnica no sea el destino del aprendizaje vocal.

Quizá sea el camino que nos conduce hacia una escucha cada vez más consciente.

Porque cuando la escucha madura, la técnica no desaparece.

Deja de imponerse.

Y empieza a surgir con naturalidad.

Entonces cantar ya no consiste solamente en saber qué hacer con la voz.

Consiste también en haber aprendido a escucharla.

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